jueves, 13 de junio de 2013

Me senté frente a la Pantalla | Gloria

"El personaje interpretado por la maravilla de actriz Paulina Garcia, parte  timidamente en una fiesta, para después a lo largo de la película robarse la pantalla y tenerte comiendo de su mano."

Gloria

Director: Sebastián Lelio
Guión: Sebastián Lelio, Gonzalo Maza
Actores: Paulina García, Sergio Hernández, Diego Fontecilla
110 min



******* intro a la columna *******

El cine. Qué gran placer. Diría que veo MUCHAS películas. Es como si el tiempo se volviera elástico y dentro de la vorágine de cosas que hago siempre tengo tiempo para ver películas. Al igual que varios de mi generación, me crié con la Radio Pudahuel, porque mi madre acompañaba sus mañanas con la radio. Tengo un conocimiento infinito de canciones viejas que afloran de vez en cuando porque me crié escuchando música en castellano. Pero de ahí salté al descubrimiento que me cambió para siempre: Magnetoscopio Musical dónde fue la primera vez que vi y escuché a Queen.

El cine en los ochenta era prohibitivo, al menos en mi barrio. Era todo un evento ir al cine, y había que escoger bien. Veíamos películas con doblaje en la tele abierta, pero no traducían las canciones y te quedabas en suspenso por lo no dicho. Es el caso de la Novicia Rebelde.

En la época de la educación media, yo era de esas personas que no retenía ninguna información además de la historia principal. No podía recordar detalles. Mis amigos salían de la sala repitiendo melodías o pequeñas escenas de las que yo jamás me percaté. Pero algo sucedió luego. Me volví "pro" y pude ser conciente de las 50 cosas o más que ocurren al mismo tiempo (la pantalla, la música, el sorround detrás tuyo, el círculo en la esquina, la conversación del que se sentó al lado, los diálogos, la música, etc.). Odié entonces las palomitas de los cines más comerciales y amé las salas de butacas incómodas como El Biógrafo y El Normandie. Fui a cines que ya no existen como el Lido o el Tobalaba. En mi casa en vez de una tele, tengo un proyector.

Algunos mitos del cine son por ejemplo que la mejor forma de salir con alguien que no conoces mucho, es ir a ver una película. Aunque si vas con alguien que no te agrada, puede volverse interminable, para mí ir al cine con otra persona es una forma de compartir. O sea, inviertes tiempo en coordinación de horarios, gustos, lugares, y tratas de llegar a un consenso. Ese exponerse a la experiencia del cine te puede dar excusas para conversar, para saber cómo el otro se enfrenta a esa experiencia audiovisual, teniéndote al lado.

*******

Esta semana fuimos al cine, y escogimos Gloria, de Sebastian Lelio. Era un dia perfecto porque casi todo el universo masculino estaba concentrado en un partido de la Selección. El taxista cuestionaba mi interés de ir al cine y perderme el partido, mientras dejaba de prestar atención a las maniobras propias de un taxista, para contarme sobre su mala suerte con las mujeres y hacerme bajar del auto y correr para alcanzar a llegar a la función. El tráfico era horrible.

Gloria. Sólo había escuchado comentarios de que HABÍA que ir a verla. No investigué nada, porque generalmente lo hago después, quizás con el ánimo de no hacerme expectativas y no terminar aburriéndome (como me pasó con La Jubilada).

La película comenzó bien para mi fortunal. Habiendo sido criada por una madre fanática de la radio Pudahuel, me sabía los clásicos de radio que usaron en la película. 

La historia es parte del universo colectivo: alguien que busca escapar de la soledad, pero a sus 60 años. El personaje interpretado por la maravilla de actriz Paulina Garcia, parte  timidamente bailando en una fiesta, para después a lo largo de la película robarse la pantalla y tenerte comiendo de su mano. Y vamos, ésta es la historia de una mujer chilena de la nueva era. La mujer separada, que busca pareja, que trabaja, que tiene hijos y que además quiere tener una vida plena (sexo incluido). La película es acerca del proceso de  empoderamiento. Ella conquista y termina teniéndote de su lado, riéndote de las metidas de pata y reconociendo al estereotipo de hombre chileno: lleno de trancas y miedos. 

Gloria sabe cuales son sus necesidades, y se da permiso para aventurarse. No busca príncipes azules sino hombres que se las jueguen, que se quieran escapar con ella para ir a bailar a Cuba. Gloria se produce. No está llorando frente a la pantalla comiéndose una caja de bombones. Ella va hacia lo que quiere: sus hijos, sus fiestas, sus hombres. Algunas veces encuentra a un buen bailarín, otras veces una buena revolcada, pero no necesariamente el compañero que anda buscando. Al final, y cuando ya todo parece perdido, termina encontrando lo que de una u otra forma alguien que viene de vuelta debiera encontrar: La Gloria, al ritmo de Umberto Tozzi.

Gloria es el viaje de la heroína, con una gran actuación de Paulina García (ganadora de un Oso de Plata en Berlín). 



Más info en imdb.

martes, 11 de junio de 2013

Y no importa que el viento olvide mi nombre

Hice una recolección de cosas:
de nuestra muerte indigna
de los poemas mudos
y tu presencia que me cubre 
como la ausencia del papel picado
en una fiesta.

Lo puse todo en una bolsa negra 
brillante
de zapatos comprados en el paseo Estado
para cuando vengas 
por última vez
a visitar o penar por lo que fuiste.

La realidad como un puzzle
y la mañana, una eternidad
para salir
y caminar bajo un sol
que está solo 

Las nubes pasan
nadie deja papeles en el marco de la puerta.

viernes, 7 de junio de 2013

La Renacida

La Renacida saborea
el perfume de su sangre
y el deseo le aflora de los ojos

Antes, el grito 
atorado en el útero
el dolor que dejó de doler
cuando la piel es ciega

Usted no sabe lo que tiene en sus manos:
una mujer en blanco
con la cual hacer origamis

Un descubrimiento
es el alzamiento del
toque de queda de su cuerpo
que está a punto de un orgasmo.

miércoles, 5 de junio de 2013

El Visitador

─Definición: 
  1. Persona que se dedica a hacer visitas de inspección y reconocimiento.


Su boca era una flor abierta
carnivora
el olor asesino de su poesía
de bosque lluvioso
estaba rociado en mi almohada
para hacerme morir.

Y la duda
como un rosario de piedra
mezquino
habita en su sueño de hombre libre
se vuelve el enemigo
y me hace sangrar

Quisiera escribir dolor
así como amor se escribe amor
en la piel 
en las sábanas, 
en los escalones 
en mi closet con su ropa

para que no se quede
aquí dentro doliendo
con el golpe del techo

que se vuela con la lluvia.

miércoles, 15 de mayo de 2013

EL CLUB


Las torres de Bilbao son un panal. Es un coral en un mar oscuro.
Me pregunté siempre cuántas personas podían vivir en esos pasillos. Incontables puertas que al cerrarse sonaban profundo multiplicado por los cinco pasillos que formaban la estrella de su estructura. Allí consiguió él un lugar donde vivir. Es un lugar al que nunca quisiera volver.

Gastamos las horas antes y después del trabajo, algunas horas del fin de semana, cuando el roomate no estaba. Recuerdo que se llevó los muebles viejos desde la casa de su padre, en especial la cama y el escritorio que ocupaba gran parte de la habitación. Era una cama de mil años con colchón de espuma. Algunas frazadas de lana y un cobertor rojos deshilachado que heredó de su mamá.

Lo pasé bien en esa cama. Con la ventana abierta, el viento soplaba en el piso 18. Era perfecto. Ni siquiera veías a los vecinos al tirar la basura. Sólo unas pocas veces en el ascensor, cuando venian de vuelta o cuando salían corriendo hacia el trabajo. Sólo sabías que estaban allí habitando porque por esa ventana se dejaban oir, en ocasiones, los gemidos de sus ratos íntimos.

Pero la cama, esa cama vieja fue la perdición. Le dije que arreglara más de mil veces. Pero no me hizo caso. Entonces, con pudor yo apoyaba mis manos en el respaldo para que no sonara tanto, para que se moviera menos.

Una tarde, después de tirar, nos fuimos a comprar algo de comer. Fui yo la que abrió la puerta, y me arrepiento. Allí en la alfombra de entrada había un papel doblado. Lo recogí e ingenuamente lo abrí. Miré para un lado y para el otro y cuando él salió lo llamé y le entregué el papel. "Arregla la cama. Bienvenido al club de los cacheros".

Quizás el maldito hueon que lo escribió quizo hacer una broma. Pero yo, después de leerlo y entregárselo, sentí una vergüenza y una rabía tan grandes que me puse roja primero y después me largué a llorar. Parecía una loca. Me tiré en la misma cama y lloré, lloré y lloré, con una pena tan grande que luego los sollozos salían como borbotones de agua. Él trató de consolarme algunas veces, pero era demasiado.

Él quizás no podía entender por qué me pasaba eso, quizás era una niñería que pasaba inadvertida. Pero para mí, para mí, que era la primera vez que pololeaba, era como que me arrebataran de cuajo la inocencia de revolcarse sin vergüenza, de gritar, de sentir placer sin tener que excusarse ante nadie por ello.

Fue la última vez que grité, la última. Ahora me limito a pequeños quejidos y sujetar hasta las alfombras para que nadie sepa que alguna vez pertenecí a ese maldito club.  *fin*



jueves, 9 de mayo de 2013

Perro Muerto



Qué querías de mí
que terminaste robándome la guitarra
Amasaste pan 
y las horas
que devoramos 
para dar un paso.

Te miro ahora:
tu rodilla seca
Te veo
no puedo evitar sentir
que me debes algo

Me lavé el cuerpo de tu aura salada
que me quemaba como el sol
sobre los volcanes

Los pobres son 
los que se van
con manos vacías

lunes, 29 de abril de 2013

La geografía celeste

Estaba todo de maravilla
cuando vino la Puta Muerte y se lo llevó.
Quizás había dejado de nombrar
 las cosas:
montaña,
río,
reflejo del cielo sobre el agua.

O quizás ya proclamaba geografías
fueras de este mundo
y era necesario
arrancarlo de la Tierra,
dejándolo caer 
como la fruta madura:
   monte de venus, plexo, pubis


[stgo/22-4-2013]

sábado, 20 de abril de 2013

Despertar de la siesta

Las pasifloras despiertan
en el otoño rebelde
y aún así,
aún en épocas amargas
se llenan de botones
augurando flores
complejas
y frutos de dulzor simple.

martes, 9 de abril de 2013

Acta de cese



Las horas y las oraciones dichas en silencio
son fantasmas que me acechan
mientras doy vuelta a la esquina
Los trámites, las filas
que preceden a mi muerte
se los llevarán directo a la tumba
silenciosa
seis pies bajo la tierra.

Jamás pensé perder
pero tú alma como vela apagada
estaba derrotada aún antes de la derrota
cuando su residencia viva de carne
nos dejaba aún el goce de la piel
con un sabor 
con el olor
de la casa vieja
para un habitante desencantado

deambula por este desierto
el recuerdo de ti
como la fata morgana a la espera
de nuestro entusiasmo
sediento
de llegar al otro lado del charco salado
este infierno blanco
que persiste sin remedio desde
la mañana hasta el encierro de la noche.





lunes, 1 de abril de 2013

Tengo sueños contigo


La sombra es lo que se prefiere no ver.
La interpretación de los sueños, según Carl Gustav Jung.







─No es precisamente del clima de lo que quiero hablar ─interrumpió Juan, haciendo sonar la cuchara cuando revolvia un té.

─Y entonces de qué quieres hablar ─dijo asustada─. Llevo media hora inventando algo que decir. No me gustan los silencios incómodos.
─No ha sido un silencio incómodo...
─Para mí sí, Juan.
─Estaba buscando las palabras precisas.
─No existen palabras precisas, bien lo sabes.
─Es una trampa
─sí, son una trampa... 
─Es que tengo que hacer una confesión.
Entonces Juan se puso de pie. Caminó seis pasos hasta la tetera que estaba sobre la cocina y se sirvió más té. Lucía Pérez lo miraba fijamente.
─¿Una confesión? ¿Qué confesión?
─Llevo mucho tiempo, meses diría yo, teniendo sueños.
─¿Sueños? ¿Qué sueños?
─Sueños contigo...
─Oh, me halagas Juan, pero tú sabes que sólo somos buenos amigos.
─No son precisamente sueños eróticos, Lucía.
─¿No? 
─Son otros sueños. Y me han tenido loco...─Juan Volvió a tomar asiento y acercó la azucarera. Tomó la cuchara y revolvió diez veces para cada lado. Siempre en silencio.
Por la ventana de la cocina, que daba al norte, se podía ver como se marchaba lentamente el sol, haciendo de la cocina un lugar cálido y tibio dónde tomar once... Luego de un rato Juan volvió a hablar, ya en la penumbra.
─Al principio no sabía como tomarlo, pero después entendí que era un mensaje. No, no un mensaje: una misión.
─Y i a h ─Lucía moduló lentamente esa palabra mientras abría un pan con un cuchillo carnicero. Dejó esperar a la palta y al jamón para mirar a Juan a los ojos.
─Juan, tú sabe que puedes ser más directo que ésto. Me tienes intrigada, hombre, por favor.
─¿Te acuerdas cómo nos conocimos?
─Sí, me acuerdo muy bien. Me hiciste la pregunta más rara que me han hecho jamás.
─Te pregunté si acaso eras paciente y si te gustaba jugar juegos, roles...
─Sí...
─Y te dije que yo era un maestro y me pediste que te enseñara.
─Lo recuerdo claramente...
─Y yo te dije que yo era un carnicero
─Sí, me dio risa.
─Y a mí me sorprendió que eso no te diera miedo.
─¿Miedo? ¿Y por qué me iba a dar miedo?
─Lo mismo digo yo cada vez. Pero la gente nunca entiende...
Juan caminó 12 pasos hacia la puerta y la cerró con llave. Se dio vuelta y apoyó la espalda en ella, mirando a Lucía Pérez que lo miraba a su vez con ojos grandes, más grandes que de costumbre. Caminó doce pasos densos, aceitosos, negros.
─Juan ─dijo ella, creyendo sospechar en la parte de atrás de su cabeza lo que estaba sucediendo allí.
Y Juan se acercó muy lentamente a ella y le acarició la nuca. Ella sintió un gran escalofrío y un terror que la dejó muda como en esos sueños que a veces solía tener.
─Calladita ─le dijo─ Calladita.